October 22, 2017

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David, la globalización y Goliat- Imperialismo cultural

sociedad de consumo

José A. López Camarillas

La globalización no existe. Al menos, no como ese paradigma que nos vendieron de estado ideal para el enriquecimiento cultural y económico de todos los países del mundo.

 

El proceso al que llamamos globalización no es más que la imposición de la ideología liberal, por medio de la industria cultural, para justificar el imperialismo económico. Proceso que se ha acelerado en los últimos años con la caída de la URSS y la revolución de las tecnologías de la información.

 

Decía Marx que la ideología (la cultura) de una sociedad es el reflejo de las relaciones económicas de la misma. En plena fase imperialista del capitalismo, el mundo de la cultura occidental calca los movimientos económicos.

 

Las grandes empresas culturales absorben al resto o las hacen desaparecer con una fuerte competencia. Unas pocas multinacionales, de capital mayoritariamente estadounidense, controlan la oferta del sector en todo el mundo: Disney, Fox, Viacom, CBS…
El mercado se homogeniza con la (re)producción masiva de contenidos culturales. Abundan los remakes de obras del siglo XX. Los “Think tanks” de la posmodernidad también aplican “el final de la historia” a la cultura.
Las metrópolis culturales marcan las tendencias. EEUU, en nombre del libre mercado, financia producciones culturales de forma directa e indirecta (Fundación Rockefeller) para la exportación, mientras obliga al resto a quitar las subvenciones y los aranceles para no tener competencia.

 

La cultura ha sido utilizada -y es- como ariete del imperialismo para imponer su modelo de vida: individualismo, consumismo, competitividad. Y, además, sirve de escaparate para los productos de sus mecenas, alimentando un círculo vicioso de consumo y acumulación de riqueza en unas pocas manos.

 

Ante estos cambios producidos en la base económica del sistema, la superestructura se ha ido transformando. Y es que las culturas no son estancas. Las que justificaban el dominio de la clase dominante, en este caso de la burguesía local, se van diluyendo- en algunos casos con resistencia- ante el “nuevo” contexto.
Ni tan siquiera es impermeable la cultura nacional dominante, la norteamericana, pues se retroalimenta de las culturas colonizadas. A pesar de que el flujo de intercambio cultural es desigual y prácticamente unidireccional, durante este proceso de sustitución la cultura dominante toma particularidades de las que invade. Pero no de la forma idílica e igualitaria que nos describen los teóricos liberales. Las interpreta y adapta a sus códigos de mercado para comercializarlas y extraer el máximo beneficio de ellas.

 

La famosa globalización ha resultado ser, como consecuencia de la absorción imperialista de las economías nacionales, la sustitución de las culturas locales por la cultura de la burguesía financiera norteamericana. La globalización es, a fin de cuentas, un remake posmoderno de la americanización en la guerra fría. O, más bien, la culminación de ese proceso.

Necesitamos urgentemente una “Unión Soviética” de políticas culturales y artistas populares que no caigan en la marginalidad y construyan un relato emancipador. Detrás de cada película, de cada canción de éxito, hay un arma de destrucción masiva.  Y ahora, están todas en manos del enemigo.

 

Yo no me creo a David. Prefiero ser Goliat. Un pueblo convertido en colonia cultural no puede aspirar a tener soberanía económica ni, de facto, independencia política. Latinoamérica ha aprendido la lección. Ahora es el turno de los pueblos del sur de Europa.

 

  
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